Poníamos mis amigos y yo cara de adultos para poder entrar a ver esas películas ultrarrepetidas de terror en el cine Algarrobo. Nos creíamos lo máximo por esa hazaña. Éramos quinceañeros, disfrutábamos cada momento, nos alimentábamos de papas fritas de El Hoyo y algunas cervezas clandestinas en la playa del Yachting.
Ver El Resplandor fue dramático para mi, no porque sintiera miedo, sino porque en la oscuridad de la sala no pude ver una tabla levantada del piso, cayendo literalmente de hocico al suelo. No cuento todo lo que me gritaron. Cuando mis amigos y yo encontramos por fin unas butacas vacías sucedió lo que no tenía que suceder: al sentarme, la mía se desarmó por completo, cayendo al suelo por segunda vez, con estruendo.
Al primer corte de la película sentí que todos me miraban, y para mi desgracia el cine estaba lleno de cabros chicos como nosotros, todos muy molestosos, más aun los conocidos. Tuve que tragarme un saco de bromas, una tras otra, durante casi toda la película, que duró el doble de lo normal, porque los cortes siguieron, como era costumbre, además, en ese recordado cine.
Ya casi al final de la película, cuando Jack Nicholson (Torrance en la pantalla) rompía a hachazo limpio la puerta del baño para matar a su familia, cayó desde la galería un gato, (siempre había gatos) sobre la cabeza de alguien que gritó casi tan fuerte como el mismo gato, y terminó robándose la película, para fortuna mía.
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