Jugábamos mi primo Fernando y yo a lanzarnos docenas de piñas de pino en el bosquecito -en realidad plantación- que todavía existe a un costado de la Comisaría de Algarrobo. Como en casi todos nuestros juegos, establecíamos pocas reglas, pero la principal era el tamaño y la forma de las piñas a arrojar: debían ser pequeñas o medianas, y sobretodo abiertas, porque las cerradas equivalían a un verdadero piedrazo, y si bien éramos bastante temerarios, no recuerdo que nos hayamos herido jugando. Pasábamos horas lanzándonos esas granadas, creyéndonos milicos en guerra, hasta el atardecer, cuando íbamos a su casa a tomar almenos un litro de jugo, que siempre era de piña...
No recuerdo muy bien cómo conocimos, en medio de una batalla, un par de niñas, seguramente se sintieron atraídas por nuestro mortífero juego, la cuestión es que lo interrumpieron, y no nos molestó... para nada. Teníamos todos alrededor de 12 o 13 años. Soltamos las granadas y les mostramos nuestros escondites. Y así comenzamos a vernos durante varios días, siempre en el bosque, después de la playa. Recorrimos toda la Comisaría, nadie nos detuvo, aprovechamos la mesa de ping pong, e hicimos del garage nuestro lugar predilecto, junto a una vieja ambulancia sin ruedas.
No era el garage un lugar bonito, pero era nuestro; escudriñamos todos los rincones, y lo único interesante que encontramos fue algunas botellas, que nos sirvieron para jugar... a la botella. Ninguno de nosotros iba a reconocer que éramos prácticamente inexpertos en materia de besos, al contrario, actuábamos como avezados en la materia, entre risas y disimuladas preferencias. La niñita rubia y mi primo llegaban fácilmente a los tres minutos sin respirar; la niñita morena y yo hacíamos lo imposible por superarlos, pero a veces la botella mandaba cambiar de pareja, y lo resolvíamos lanzándola de nuevo, argumentando que había caído al medio. Y así terminó febrero, con la botella guardada en el asiento de la ambulancia, hasta el próximo verano, almenos eso pensamos. Un año es mucho, incluso para una botella.
Cuando las piñas escasean en los bosques que están cercanos a mi casa me dirijo al bosque de las batallas. Logro casi siempre llenar dos bolsas, que acumulo en la bodega para llevarlas a Viña, y poder usarlas en invierno en el calefactor de Arlette. Las recojo con el mismo entusiasmo de ese tiempo de guerras, y las cuento a medida que ingresan a las bolsas, con el Cholo observándome de cerca (porque aún lo siento a mi lado), y muy atento, porque en cualquier momento puede aparecer mi primo tras un árbol y lanzarme una mortífera granada.
1 comentario:
No sabía por qué te gusta tanto ir al bosquesito.... y yo que creía que era de pura buena voluntad para tener calorcito en el invierno. ¡que inocencia la mía!
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