A través de polvorientos y tortuosos caminos, las carretas cargadas de trigo proveniente de los valles de Casablanca y Melipilla llegaban hasta la pequeña caleta del fundo Las Papas, donde era embarcado rumbo al Perú y también a California. Con ese fin se construyó a mediados del siglo 19 el muelle que aún permanece en pie, y que ha conocido entera la historia de nuestro querido Algarrobo.
Algunos metros más extenso de lo que es hoy, tenía aún en la década de los 70` una baranda a su costado izquierdo, y se accedía a él por medio de una angosta y empinada escalera de fierro. Construido para afrontar el fuerte oleaje invernal, sus pilares se encontraban recubiertos de acero, de allí el nombre de la playa donde se ubica: Los Tubos. No necesitó nunca mayores obras de mantención, tan solo el recambio de algunos tablones de vez en cuando; sus pilares enclavados en la roca soportaron numerosos terremotos y marejadas interminables con la fortaleza que solo poseen aquellos muelles bien hechos.
Sobre y bajo él ha abundado la vida en todas sus formas; su superficie es lugar predilecto de cormoranes y gaviotas, también de los enamorados, niños, y esporádicos pescadores. A sus pies, las algas y musgos ofrecen los verdes más intensos que brotan del mar, y hasta no hace mucho las jaivas habitaban por docenas, hoy es difícil encontrarlas. Permanecen colonias de choritos y lapas, a veces se muestran también las estrellas de mar, y muy esporádicamente algún pinguino se acerca sigiloso en busca de alimento. Todo ello sin contar la vida diminuta que escapa a nuestros ojos, y la que habitó hace decenios.
También ha conocido tragedias de bañistas que se han lanzado al mar sin saber que bajo él existe un manto de rocas, pero muchas más han sido, creo, las alegrías que ha brindado. Luce, desde hace ya unos 5 años, en sus tres primeros pilares, figuras coloridas hechas con técnica de mosaico; el mar se lleva alguna piezas cada cierto tiempo, pero los dibujos son claros y bellos, tanto que quienes pasan por allí no dejan de observarlos y fotografiarlos. Pero para quienes nos reconocemos enamorados de este viejo muelle, son sus reflejos los que nos conmueven; pocos atardeceres son más hermosos que aquellos que se disfrutan cerca de este viejo amigo de quince pilotes.
En uno de los inviernos más crudos que Algarrobo recuerda, las olas decidieron llevarse hace un par de meses parte importante del cansado muelle, lo dividió en dos, restando tan solo sus extremos en pie. No puedo acostumbrarme todavía a su nueva apariencia, "a mí sí me importa" no poder volver a transitar por él, no poder sentarme de nuevo en su extremo, no verlo como el camino punto de partida hacia el horizonte al que iremos algún día, no ver su reflejo íntegro en el agua, no poder deshacerme de su figura tan grabada en mis recuerdos. Pero, como todas las cosas, se trata solo de tiempo, y si es verdad que el tiempo todo lo cura, aceptaré algún día que el mar se haya llevado lo que siempre ha sido de él.




4 comentarios:
En primer lugar, felicitarte por estas hermosas fotografías, que hablan por sí solas. En segundo lugar, disfruto de tu prosa, que yo quisiera llamarla poesía, si me lo permites. Qué bello te expresas, me hace sentido, tanto como si volviera a estar en aquel lugar de mi pasado lejano. Recibe pues entonces, mi agradecimiento y
un gran abrazo.
Gentil aporte. Muchos buenos recuerdos de esas playas...
Estimado, este muelle lo construyó Eduardo Reyes Cerda, casado con Lidia Matte Hurtado.
Gran recuerdo que nos dejó mi bis abuelo.
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